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| Elisa Sánchez Coronado |
Durante siglos, las mujeres han estado presentes en los grandes avances científicos de la historia, aunque muchas veces en silencio, a la sombra o directamente borradas de los libros de texto. Hoy sabemos que sin ellas no se entendería la medicina moderna, la tecnología, la astronomía o la química tal y como la conocemos.
Marie Curie es quizá el nombre más conocido, pero no es el único. Hubo mujeres que calcularon trayectorias espaciales, que descifraron estructuras del ADN, que revolucionaron la informática o que sentaron las bases de la física moderna. Algunas firmaron con seudónimos masculinos; otras vieron cómo sus descubrimientos eran atribuidos a compañeros varones. Se me vienen a la cabeza nombres como Rosalind Franklin, cuyo trabajo fue decisivo para descubrir la estructura del ADN y murió sin reconocimiento. O Ada Lovelance que escribió el primer algoritmo de la historia, siendo presentada durante años como “ayudante” de un hombre… Hay muchos más nombres que podríamos citar, que, por desgracia, continúan en ese limbo de reconocimientos inexistentes. Como podemos comprobar, no es una cuestión de talento, que siempre lo hubo en mujeres y hombres, sino de oportunidad y de acceso. ¿Por qué sigue siendo importante este día? Pues porque aún hoy sigue habiendo menos mujeres en carreras STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). Porque muchas niñas dejan de interesarse por la ciencia en edades tempranas, no por falta de capacidad o interés, sino por falta de referentes. Porque aún persisten estereotipos que asocian la ciencia con lo masculino y las humanidades con lo femenino. Celebrar este día es romper esa idea, mostrar que la curiosidad, la lógica, la creatividad y la investigación no tienen género.
Una niña que hoy ve a una mujer científica en un libro, en una charla o en un laboratorio, mañana se permitirá imaginarse ahí. Y no se trata en absoluto de imponer vocaciones, sino de crear y ensanchar posibilidades.
La ciencia necesita miradas diversas, tanto de hombres como de mujeres. Necesita preguntas nuevas. Necesita sensibilidad, rigor, imaginación, valentía, paciencia y perseverancia. Y todas esas cualidades no entienden de género. Porque la ciencia, de algún modo también es cercana, nos hace observar, preguntar… A veces pensamos en ella como algo lejano e inabarcable, lleno de fórmulas incomprensibles. Y, sin embargo, estamos rodeados por ella. La ciencia no empieza en grandes preguntas, sino que nace de lo sencillo: en quien se pregunta por qué cambian las estaciones, en quien observa cómo crece una planta, en quien se maravilla al saber cómo funciona el cuerpo humano, o en quien se pregunta cómo mejorar el mundo que habitamos. E incluso en quien persigue la belleza y admira un poema. Porque en la ciencia también existe la poesía. Yo diría que ambas nacen de una pregunta y ambas intentan también nombrar lo que aún no entendemos del todo. Hay poesía y ciencia en saber que estamos hechos del mismo polvo que las estrellas. En descubrir que cuando nos concibieron, las células se dividieron con una precisión milimétrica. En comprobar que una simple ecuación puede descubrir el movimiento de un planeta o la velocidad a la que viaja la luz de una estrella. Ahí ya hay ciencia, belleza, curiosidad y la verdad del día a día. Por lo tanto, es un compromiso colectivo, una esencia que nos une y a la vez, nos hace diferentes.
El 11 de febrero no es solo un día para celebrar, sino para revisar qué mensajes damos, qué modelos mostramos y qué puertas abrimos desde la educación, la familia y la sociedad. Porque cuando una niña avanza en ciencia, avanzamos todos. Y porque el futuro, si quiere ser justo, innovador y humano, necesita el pensamiento científico de mujeres y hombres trabajando juntos. Sumando miradas, trabajo y rigor, para llegar a comprender y mejorar el mundo que compartimos.
© Elisa Sánchez Coronado.


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