menú

Dos titulares: "El Espectáculo comienza fuera de la Plaza" o "La campaña de publicidad soñada para cualquier evento".

     En Quintanar de la Orden, este año el evento taurino programado para finales de febrero ha empezado mucho antes de que nadie pise la arena. Ni haga el paseíllo, ni publiquen el cartel: lo que realmente ha encendido la mecha ha sido la conversación pública, la polémica. Una conversación que, según a quién preguntes, es tradición, es barbarie, es identidad, es retroceso, es cultura o es violencia. Y, paradójicamente, es también la mejor campaña de publicidad que el propio evento podría soñar.
.
     Porque si algo ha demostrado Quintanar estos días es que la polémica es un motor de difusión más eficaz que cualquier presupuesto.
El ayuntamiento apoya a la organización con convicción; los antitaurinos lo rechazan con la misma intensidad. Y entre unos y otros han conseguido que el pueblo entero —y buena parte de la comarca— hable del asunto con una pasión que ya quisieran muchas ferias, festivales y campañas electorales.

   Pero hay un detalle que late bajo toda esta tormenta: la Plaza de Toros, vieja y herida, pidiendo auxilio desde sus muros desconchados. Una plaza que fue orgullo y ahora es ruina. Una plaza que no habla, pero cuya grieta es también una metáfora del propio debate. El evento, al final, nace con un propósito sencillo y casi humilde: recaudar fondos para devolverle la dignidad a ese recinto que guarda tantas memorias. Y sin embargo, esa intención se ha visto envuelta en un torbellino que la engrandece y la desdibuja a la vez.

    Lo interesante es que el debate ha trascendido el ruedo. Se ha instalado en los bares, en los grupos de WhatsApp,  en las redes sociales, en los bares, en el Gym, donde cada bando despliega su propio relato. Los defensores apelan a la tradición, al arraigo y a la recaudación económica. Los detractores denuncian el sufrimiento animal y la incoherencia de sostener con el apoyo institucional algo que consideran éticamente inaceptable. Ambos discursos son sólidos, ambos son legítimos, y ambos se retroalimentan en un ciclo perfecto de visibilidad.

     Mientras tanto, el pueblo se convierte en escenario. Hay quien coloca carteles a favor, quien los arranca, quien los sustituye por otros en contra. Comercios que se posicionan, otros que prefieren no mojarse. Vecinos que discuten, vecinos que se ríen, vecinos que simplemente observan cómo la polémica se convierte en un espectáculo paralelo. Un espectáculo que, curiosamente, no necesita toro.

     Y es que, al final, lo que está ocurriendo en Quintanar de la Orden no es solo un debate sobre tauromaquia. Es un ejemplo de la España actual,  de cómo hay que sobrevivir a través del conflicto, de la polémica, de cómo cada bando, cada equipo, necesita al otro para reforzar su propio relato, y de cómo la confrontación pública se convierte en un acto performativo que todos consumimos, comentamos y amplificamos.

   En Quintanar, este año, el espectáculo no está en la arena. Está en la narrativa. Y esa, desde luego, ya ha sido un éxito rotundo.
 Esperemos que  hasta el final, el espectáculo, el debate,  las discusiones, y las distintas ideas de cada uno, sean expresadas con total libertad y absoluto respeto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario