Cada día es más evidente: la política española se ha convertido en un espectáculo que no representa a la gente.
No cuesta entender las ideas; lo que cuesta entender es cómo personas adultas, responsables públicos y posibles, en un futuro responsables públicos, pueden comportarse como si el Congreso fuera un plató de televisión y no la casa de la democracia.
No cuesta entender las ideas; lo que cuesta entender es cómo personas adultas, responsables públicos y posibles, en un futuro responsables públicos, pueden comportarse como si el Congreso fuera un plató de televisión y no la casa de la democracia.
La falta de respeto ya no es una excepción: es rutina. La empatía brilla por su ausencia. La educación, que debería ser la base de cualquier debate, parece un lujo que algunos no están dispuestos a practicar. La ciudadanía, la gente normal, no insulta así, no trabaja así, no convive así. ¿Por qué ellos sí?
Lo más preocupante es la obsesión enfermiza con destruir al presidente del Gobierno, sea quien sea. No se discuten decisiones: se ataca a la persona. No se cuestionan políticas: se alimenta el odio. Y eso no es oposición, eso es irresponsabilidad. En democracia se discrepa, se debate, se propone… pero no se lincha.
Y lo peor es que esta actitud no se queda en el Congreso. Se traslada a la prensa, a las tertulias, a las televisiones, a las redes sociales. Se convierte en combustible para empresas de opinión que viven del ruido, del enfrentamiento y de la indignación permanente. Cada insulto se amplifica, cada gesto se exagera, cada frase se saca de contexto. El conflicto vende, y algunos lo explotan sin pudor.
Por suerte, España tiene algo que funciona: las elecciones cada cuatro años. Si un gobierno no convence, se cambia. Si un presidente no gusta, se vota otra opción. No hace falta convertir la política en un campo de batalla permanente. La herramienta democrática existe y es pacífica, clara y poderosa.
El Congreso debería ser el ejemplo: un espacio para construir leyes, para escuchar, para mejorar el país. No un ring donde cada intervención busca un titular, un corte viral o un aplauso de los propios. La ciudadanía lo ve, lo detecta y se cansa. Porque mientras ellos se insultan, los problemas siguen esperando soluciones.
Así somos, así nos va!
Al final, lo que pedimos es básico: respeto, responsabilidad y altura de miras. No es mucho. Es lo mínimo.
F. L. M.

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