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| Antonio Mata Huete |
En muchas ocasiones, el silencio recoge versos intangibles, hilos de luz que, sin que nos demos cuenta, producen cambios cinestésicos capaces de encender conexiones neurológicas y emocionales. Son versos que no se ven, pero se sienten; versos que sostienen el mundo. En una sociedad tan convulsa y frenética como la nuestra, rodearse de poesía se hace necesario: es el bosque que nutre el alma, la reserva donde aún habita la pureza y la humanidad.
Ser poeta no es, ni ha sido nunca, una cuestión baladí. Es una responsabilidad profunda.
En otros tiempos, los poetas recibían mayor reverencia: eran guías, voces que nombraban lo que otros no sabían decir. Hoy, aun sin ese reconocimiento explícito, siguen siendo esenciales. Somos —son— quienes ayudan a crear equilibrio, quienes recuerdan que la sensibilidad le da sentido a la vida.
En otros tiempos, los poetas recibían mayor reverencia: eran guías, voces que nombraban lo que otros no sabían decir. Hoy, aun sin ese reconocimiento explícito, siguen siendo esenciales. Somos —son— quienes ayudan a crear equilibrio, quienes recuerdan que la sensibilidad le da sentido a la vida.
Hace dos años se marchó un amigo, un poeta de los grandes: Antonio Mata Huete. Nos dejó como legado una poesía infinita, de la buena, de la que entra por los poros de la piel y despierta electricidad hasta llevarnos a las lágrimas. Eso ocurre porque los grandes poetas perciben el mundo con una profundidad que desborda lo cotidiano. Tienen un talento natural para excavar en lo invisible. Crean surcos en el espacio para poder ahondar en la superficie, y Antonio era capaz de surcar hondo… muy hondo.
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Pero su voz no se quedaba solo en la poesía. Antonio fue también un narrador incansable, un creador que buscaba nuevas formas de mirar y de contarse. Su última novela, Claveles rotos, fue para él un sueño hondo y luminoso. Aquel proyecto le devolvió la ilusión, lo impulsó a viajar, incluso enfermo, hasta Portugal con la esperanza de verla publicada también allí. Aunque el destino no permitió que se materializara, el libro existe, al igual que toda su obra y con ella, permanece la fuerza de su deseo, su entrega y esa fe tan suya en la literatura como lugar de encuentro, de verdad y de justicia.
Recordar a Antonio es recordar a un hombre generoso, apasionado, sensible hasta la médula. Un hombre que nunca dejó de crear, incluso cuando la vida se estrechaba. Un hombre que puso belleza donde otros solo veían rutina. Su ausencia pesa, sí, pero su obra nos sigue sosteniendo.
Porque Antonio Mata Huete no se ha ido del todo. Permanece en sus versos, en su mirada limpia, en los ojos humedecidos con los que recitaba, en la emoción que aún hoy —al recordarlo— nos atraviesa. Permanece en quienes lo leyeron, en quienes lo quisieron, en quienes siguen nombrándolo.
Y mientras haya alguien que sienta un estremecimiento al escuchar su nombre, Antonio seguirá aquí, como todos los poetas verdaderos: habitando esa frontera misteriosa entre la memoria y la eternidad.
Texto: Clara Ortega Ramírez
Presidenta de la Asociación de Escritores "El Común de la Mancha"



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