menú

UN OCÉANO DE RUIDO. por Elisa Sánchez Coronado

 
Elisa Sánchez Coronado
    Cada mañana, apenas abría los ojos, hacía lo mismo. Cogía el móvil antes incluso de levantarse de la cama. Era un gesto automático, una costumbre tan integrada en su cuerpo como respirar. Su dedo recorría la pantalla sin pensar: vídeos cortos, bailes repetidos, noticias alarmantes, personas gritando opiniones, anuncios de cosas que jamás había querido comprar, retos absurdos, imágenes retocadas, frases vacías disfrazadas de grandes enseñanzas.

   Un vídeo duraba quince segundos. Otro diez. Otro veinte. Después llegaban cientos más. Sonrisas artificiales, polémicas inventadas, famosos peleándose por atención, gente fingiendo vidas perfectas, cuerpos retocados, filtros imposibles, vidas de escaparate... Todo aparecía y desaparecía tan rápido que apenas tenía tiempo para pensar en ello.

    Al principio parecía entretenido. Siempre había algo nuevo. Siempre aparecía otra historia, otra noticia, otro escándalo. Pero con el tiempo empezó a notar algo extraño: recordaba muy poco de lo que veía.  Podía pasar dos horas mirando la pantalla y, cuando terminaba, era incapaz de decir qué había aprendido realmente. Su cabeza estaba llena y vacía al mismo tiempo. Llena de imágenes, sonidos y frases sueltas; vacía de algo que tuviera significado. 

      Una tarde decidió observar con atención aquello que consumía cada día. Se sentó frente al ordenador y empezó a mirar las publicaciones que aparecían una tras otra. Un vídeo mostraba una supuesta noticia falsa creada únicamente para generar visitas. Otro enseñaba un producto milagroso que prometía cambiar la vida de cualquiera. Después aparecía una discusión entre personas que ni siquiera parecían enfadadas de verdad; simplemente sabían que la polémica atraía espectadores.

      Entonces comprendió algo: una gran parte de Internet se había convertido en un inmenso vertedero digital. No era basura física.  Era una basura distinta, más silenciosa y más peligrosa. Era información inútil acumulándose sin parar. Eran mentiras compartidas miles de veces. Eran imágenes diseñadas para crear inseguridad y contenidos hechos únicamente para atrapar la atención durante unos segundos y disparar la dopamina en el cerebro. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue otra cosa. Las personas ya no compartían solo ideas o fotografías. Compartían su propia vida como si fuera un espectáculo. Aquello que antes pertenecía al ámbito privado ahora parecía necesitar espectadores para existir.


    Lo más personal se convertía en escándalo público. Lo reservado se transformaba en entretenimiento. El valor de lo sagrado se desvanecía ante el avance de lo obsceno.
Recordó entonces algo que había leído del sociólogo francés  Gilles Lipovetsky . Él afirmaba que la sociedad contemporánea había desarrollado una nueva forma de individualismo: un narcisismo moderno que ya no consistía simplemente en admirarse a uno mismo delante de un espejo, sino en la necesidad constante de exhibirse y recibir aprobación de los demás. Era un narcisismo diferente al de otras épocas. Ya no se trataba de sentirse superior, sino de una necesidad continua de reconocimiento. Las personas buscaban ser observadas, comentadas y validadas. Cada fotografía parecía decir silenciosamente: mírame. Cada publicación pedía una respuesta: dime que estoy aquí. Cada historia necesitaba reacciones para sentirse completa.

     Las redes sociales parecían haber convertido la identidad en un producto. Ya no bastaba con vivir una experiencia; había que fotografiarla. Ya no bastaba con sentir una emoción; había que publicarla. Ya no bastaba con ser feliz; había que demostrarlo. No servía el valor de un cuerpo en sí mismo: había que exhibirlo, convertirlo en objeto de observación y presentarlo bajo una lógica de insinuación constante. El cuerpo dejaba de ser únicamente una realidad personal para adquirir un valor condicionado por las miradas ajenas, por la capacidad de despertar deseo, curiosidad o morbo. La atención se transformaba en una mercancía y la exposición en una forma de reconocimiento social; cuanto más se mostraba, más parecía existir.

     Pensó entonces en cómo sería una ciudad si nadie recogiera sus residuos durante años. Las calles acabarían cubiertas de desperdicios. Apenas habría espacio para caminar. El olor sería insoportable. Sin embargo, algo parecido estaba ocurriendo dentro de las mentes de millones de personas. Cada día entraban toneladas de contenido irrelevante. Poco a poco ocupaban espacio, distraían, agotaban y ocultaban cosas realmente importantes: conversaciones reales, tiempo con la familia, miradas conscientes, libros, experiencias o pensamientos propios.

    Miró nuevamente la pantalla. Seguían apareciendo vídeos sin descanso. Parecía una corriente infinita que jamás se detendría.

    Y por primera vez entendió que el problema no era Internet. Internet podía enseñar, conectar personas o transmitir conocimiento. El problema era todo aquello que circulaba mezclado con lo valioso: la basura digital que consumía tiempo sin dejar nada a cambio. Porque aunque el  scroll parezca infinito, al final solo quedará el vacío. Entendió que el ser humano y su pensamiento, están diseñados en parte, para desarrollar su capacidad de reflexión interna: imaginación, autoconciencia, planificación, sentido de identidad, búsqueda de significado… Tradiciones filosóficas y espirituales de muchas culturas —desde el estoicismo hasta la meditación— han tratado el cultivo del pensamiento como algo valioso. Recordó que estamos diseñados para buscar novedad, prestar atención a estímulos llamativos, explorar el entorno, para aprender observando a otros… El problema es que plataformas modernas explotan esas tendencias a una escala para la que el cerebro no evolucionó. Antiguamente, un humano podía sentir curiosidad por diez personas de su tribu; ahora puede recibir cientos de estímulos, vídeos y recompensas sociales en una hora.

     Miró una última vez la pantalla. Los vídeos seguían apareciendo sin descanso. Durante unos segundos, el mundo pareció quedarse en silencio. Entonces entendió que no había estado mirando el móvil. Había estado dejando que el móvil lo mirara a él. Y pensó en el tiempo. Ese que no vuelve, que no tiene un almacén para poder recuperarlo, como quien rescata una foto de la nube. Apagó la pantalla.

     Y en la oscuridad de aquel cristal negro vio por fin algo que llevaba demasiado tiempo sin mirar:
a sí mismo.

@Elisa Sánchez Coronado.


No hay comentarios:

Publicar un comentario