Hay días en los que uno enciende el debate parlamentario esperando escuchar propuestas, ideas, algo de luz… y lo que recibe es un show digno de Torrente Presidente. Falta que aparezca un cameo de Cañita Brava para completar el cuadro. La frontera entre la ficción y la realidad ya no es una línea: es un columpio oxidado que se balancea peligrosamente.
Mientras unos gritan, otros gesticulan, y alguno parece estar pensando en qué va a cenar, el ciudadano medio contempla la escena con la misma mezcla de fascinación y vergüenza ajena que cuando ve a Torrente intentando hacerse pasar por estadista. Y lo peor es que la película era una parodia… pero el Congreso a veces parece un remake no autorizado.
La sátira funciona porque exagera la realidad, pero aquí la realidad se ha puesto competitiva. Es como si los debates dijeran: “¿Que la ficción nos ridiculiza? Sujétame el cubata”. Y allá van, superándose día tras día, convirtiendo cada sesión en un episodio nuevo de una serie que nadie pidió pero que todos acabamos viendo por puro morbo.
El humor, al final, es el salvavidas emocional del espectador. Porque si no nos reímos, ¿qué hacemos? ¿Llorar? ¿Mudarnos a una cueva? Mejor reír. Reír fuerte. Reír con ese punto de desesperación que solo aparece cuando la política se convierte en un espectáculo donde la trama es floja, los personajes sobreactúan y el guion parece escrito por un becario con prisa.
Y así seguimos: entre la sátira y la realidad, sin saber muy bien cuál de las dos es la que está imitando a la otra.


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