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| Elisa Sánchez Coronado |
Un lugar que antes visitábamos solo de vez en cuando, ahora se convierte en una especie de refugio conocido donde rezar en silencio, o simplemente estar. Sin embargo, esa mañana levanté la mirada y comencé a caminar. Quizá porque estaba especialmente atenta, la temperatura era agradable o quizá porque hasta entonces había ido siempre distraída sin mirar demasiado alrededor, descubrí el cementerio como si fuese una de las primeras veces.
Vi la belleza de las piedras enormes, las columnas, los ángeles de mármol, las cruces labradas, las puertas de hierro con sus candados, los nombres grabados con una solemnidad que el tiempo había ido cubriendo de polvo. Vi sepulturas construidas para desafiar al olvido, pequeñas arquitecturas levantadas con la esperanza, quizá, de que la muerte respetara el recuerdo. Y pensé en la ironía de todo aquello. La piedra seguía allí, sí. Pero ¿qué quedaba de lo demás? Y entonces pensé que quizá eso sea una de las grandes lecciones de un cementerio: aquí ya no importa demasiado lo que fuimos ni lo que creímos ser.
Las diferencias que durante la vida parecían tan grandes pierden importancia. Los trabajos, las preocupaciones, los reconocimientos… pertenecen a otra parte de la historia. Aquí queda otra cosa. Queda un nombre. Y, si tenemos suerte, y obramos bien en vida, queda también la memoria de alguien que nos quiso. Porque una persona no cabe en el mármol. Una persona cabe, acaso, en la memoria de quienes la quisieron: en una voz que todavía somos capaces de recordar, en una manera de reír, en una frase que repetía, en unas manos, en una costumbre, en el lugar que dejó vacío alrededor de una mesa. En lo que nos hizo sentir.
Y me pareció que, frente a aquellas construcciones levantadas para permanecer, la verdadera permanencia era otra. Comprendí que quizá la única arquitectura capaz de vencer realmente al tiempo es la que construimos, en vida, dentro de otros. Todo lo demás se deteriora. El mármol se mancha. El hierro se oxida. Las flores se marchitan y pierden la belleza, las letras pierden profundidad, las fotografías se decoloran, los apellidos dejan de decirle algo a las generaciones que vienen. Hasta los mausoleos, tan bonitos e imponentes, con la belleza de sus capillas y sus pequeños altares, terminan pareciendo pequeños cuando el tiempo ha hecho sus estragos.
Sin embargo, los recuerdos son los que permanecen haciéndose cada vez más grandes y resistentes, pasando de una generación a otra. Tal vez por eso aquella mañana comprendí también que el cementerio no es sólo un lugar de muerte. Es, paradójicamente, un lugar donde los vivos podemos aprender a mirar la vida con más claridad. Porque allí todo queda desnudo de importancia. Allí el tiempo nos pone a todos en el mismo lugar. Al que tuvo mucho y al que tuvo poco, al poderoso y al humilde. Al que fue admirado y al que pasó desapercibido. Todos terminamos necesitando apenas el mismo pequeño espacio de tierra.
Y mientras caminaba entre las tumbas pensé en nosotros, los que todavía estamos fuera. Seguimos corriendo con prisas y preocupaciones, a veces banales. Seguimos comparándonos, seguimos queriendo tener más.
Levantamos nuestros propios mausoleos invisibles: casas, cuentas, opiniones, posesiones... Vivimos como si fuéramos a quedarnos. Y quizá algún día, alguien camine por encima de todo eso sin entender por qué nos importó tanto. Porque al final la vida tiene una manera muy sencilla de desmontar nuestras vanidades: nos devuelve a la tierra. Y deja que el tiempo decida qué merece ser recordado.
Pensé que quizá no deberíamos esperar para entender ciertas cosas. No deberíamos necesitar una lápida para recordar que la vida es breve. Ni una muerte para comprender que el tiempo con los nuestros es limitado. Que aún tenemos tiempo para hacer todo el bien por el que se nos recordará cuando ya no estemos.
Salí del cementerio despacio. Detrás de mí quedaron las piedras, los nombres, las capillas, los ángeles de mármol y los apellidos antiguos. Quedó también mi padre, tras una lápida sencilla, acompañado por unas flores. Pero mientras caminaba hacia la puerta tuve la sensación de que no lo dejaba allí. Quizá porque los difuntos no permanecen en los cementerios tanto como nosotros creemos. Permanecen en nosotros. Están en la memoria, en las palabras. Y quizá ésa sea la única forma de eternidad que merece la pena. No en una piedra que dure mil años. Sino en que alguien, una mañana cualquiera, entre en silencio con unas flores en las manos y todavía sienta que al otro lado de esas letras hay alguien que, de alguna manera, sigue formando parte de su vida.
© Elisa Sánchez Coronado.
XL Premio "La Encina" 2026



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